Facturar con una canción de hace 37 años, llegar a ofrecer hasta 15 shows en una sola noche y no ver reflejadas esas ganancias en su patrimonio, exigir estudios clínicos antes de avanzar en una relación, y atravesar el amor más profundo de su vida —con una pérdida tan dolorosa como inesperada, pero también con una propuesta de matrimonio que trascendió incluso la muerte— es apenas un breve recorrido por los momentos que marcaron a Gladys “La Bomba Tucumana”. Así lo expuso en su participación en el ciclo Desencriptados, junto a “Rulo” Schijman, donde repasó sin filtros los hitos más intensos de su vida personal y profesional.

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Pasando por los diversos ámbitos de lo que puede implicar la vida profesional para luego saltar al ámbito más privado, Gladys la Bomba Tucumana habló de su trayectoria musical, con más de 40 años de recorrido en la que una canción de su repertorio siempre será un destacado, aunque advierte que su profesión es más que ello. “Siempre estoy trabajando, haciendo shows y todavía se factura con La pollera amarilla. Es un hit que hoy siguen cantando hasta en la cancha”, reconoció Gladys en el ciclo de entrevistas de Infobae.

El éxito que no llegó al bolsillo

El hit se convirtió en las entradas y salidas de sus shows, un asunto recurrente que no puede faltar en los "setlists". “Por ahí me piden un bis, así que va siempre. Esa es la parte que la gente espera de alguna manera. Porque tengo muchos temas, no solo La pollera amarilla”. La artista oriunda de San Miguel de Tucumán y consagrada como una referente de la música tropical argentina, lanzó más de 20 discos, obtuvo certificaciones de Oro y Platino, recibió reconocimientos como el diploma al Mérito de la Fundación Konex pero aún así advierte que “a veces hay gente mala que dice que ‘es el único tema que tiene’ y ya aburren con eso”. Luego sentenció: “me tienen podrida”.

Pero lo que pudo ser un suceso en ventas, no precisamente se tradujo en el bolsillo de la intérprete. Vendía muchos álbumes. De hecho, tengo montones. La compañía se hacía cargo de la comercialización, pero era para ellos la regalía. No le daban nada al artista. O sea, mi único ingreso real es que me suba al escenario y cante. De otra forma, no. Eran unos contratos que creo que se llaman leoninos”, aclaró la artista, quien remarcó que de la venta de discos nunca obtuvo ingresos.

Los años de explotación y el nacimiento de su propia "PyME"

“Tenía un representante y ganaba un sueldo”, aclaró Gladys la Bomba Tucumana, quien contó los sacrificios que le llevaron incluso a batir un récord. “En una noche fui la persona que más trabajó (con 15 shows en una velada). Pero esa era la cantidad de shows que hacía: 13, 14 o 15. Así era. Laburaba muchísimo. Pero desgraciadamente también en esa época yo no era la dueña de mí”, contó la cantante. La ganancia era muy gráfica: “hacíamos las bolsas de guita, las bolsas de residuos negras llenas en todos los bailes. Hacíamos ponele 10, 12 o 15 shows”. Pero el ingreso era menor de lo que a Gladys le tocaba: “Después a mí me pagaban unas monedas y yo me volvía feliz a Tucumán porque para mí era un montón de plata en esa época. Pero en realidad era muchísima más ganancia la que me correspondía. Hay mucha gente que ganó mucho dinero conmigo”.

La madurez y los golpes de la experiencia la llevaron, finalmente, a tomar las riendas de su destino comercial. “Siempre lo digo en broma: yo tendría que estar rascándome en mi casa, divina. Pero tengo que seguir trabajando. Desde el año más o menos 97 o 98, pude ser mi propia representante y ser yo dueña de mi personal empresa. Ahí pude tener un techo propio y tener mis cosas. Imaginate si yo hubiese manejado desde el principio…”, reflexionó Gladys sobre el momento exacto en el que logró convertirse en su independiente “PyME” para que las ganancias de su esfuerzo dejaran de ir a manos ajenas, aunque aclaró que “no era millonaria”. “Ojalá. ¡Dios te oiga! Pero no pierdo las esperanzas de que pueda surgir y puedan venir cosas buenas”.

Un sueño tucumano en Buenos Aires y un amor eterno

Recientemente, la artista decidió canalizar sus ahorros en un proyecto gastronómico que rinde homenaje a sus raíces en pleno corazón de Buenos Aires. “Invertí en el país, sacrifiqué mis ahorros y la verdad que cuesta sostenerlos con la situación. Pusimos un local de empanadas artesanales, hechas a mano, no industriales, acá en Recoleta. Va bien, pero cuesta. Es impuesto de acá, impuesto de allá, empleados... Uno tiene todo en regla y se paga un montón de impuestos. Pero ahí va. Vender, vendemos. Es un sueño que yo tenía de traer nuestras comidas a la Capital”, relató entusiasmada.

Aquel anhelo de trasladar el auténtico sabor tucumano a la capital no fue un camino solitario; lo construyó codo a codo junto a Luciano Ojeda, el hombre que llegó a su vida a sus 57 años —cuando él estaba próximo a cumplir 35— para transformarla por completo. “Cuando venía y probaba las empanadas de acá decía: ‘¡Uy! Qué fea. Cómo me gustaría que los porteños conozcan las delicias de acá’. Y era un deseo que nunca podía hacer realidad y mi pareja, Luciano, que falleció hace muy poquito y fue mi gran amor, él me ayudó a materializar ese sueño de tener el local”, rememoró.

La dolorosa despedida

La diferencia de edad no fue un obstáculo para la pareja. La cantante destacó la madurez de Luciano, un licenciado en higiene y seguridad en el trabajo que “había nacido viejo”. El romance, que comenzó con un flechazo en el mes de enero, avanzó con el respeto y los tiempos que la propia artista demandaba. Sin embargo, el destino les deparó una encrucijada cuando a Luciano le diagnosticaron cáncer. En un intento que Gladys aclaró fue para protegerla, él intentó distanciarse. “Literalmente me dejó y yo hice de todo para estar con él. Por eso entiendo que él era mi gran amor. Porque nunca me lo hubiera imaginado”, confesó la intérprete que llegó a buscarlo a la casa de su madre a pesar de las negativas.

En sus últimos días de internación, consciente del desenlace, Luciano se despidió de Gladys agradeciéndole la lealtad y el cuidado, coronando su historia con un último gesto. “Mi amorcito estuvo re consciente hasta el último día pidiéndome perdón por todo, porque había luchado, pero no podía más... Y yo llevé un cura e hicimos bendecir los anillos. Él estaba lúcido y ahí me pidió que sea su esposa para eternamente y yo acepté. A los dos días se fue mi amor, se durmió y se fue. Tenía 38 años”, recordó.

Exigencias innegociables: el "laboratorio" antes de la intimidad

A sus 61 años, y tras haber atravesado el dolor de la pérdida, la Bomba Tucumana no ocultó su estricta postura a la hora de encarar los vínculos afectivos. Gladys reveló que siempre fue una mujer "muy jodida" en la intimidad y que sus exigencias eran innegociables, incluyendo una particular y estricta condición sanitaria antes de avanzar con cualquier candidato estable.

“Yo te cuento las cosas que yo he hecho con personas con las que tuve relaciones estables antes de tener relaciones y te morís. Análisis de esto, análisis de lo otro, de todo. Soy re jodida con eso. Yo no me acuesto con cualquier persona. Primero me tiene que encantar mal la persona todo: su aliento, su olor, sus dientes, su cara, todo. Perfumado, rico, limpio, impecable, inmaculado”, detalló sin filtros.

“Cuando de verdad ya me gusta esa persona, y si decidimos que vamos a estar juntos, le digo: ‘Yo te presento todas mis cosas, mis análisis, que yo estoy divina, sana, impecable de todo, y vos me presentás todas tus cosas, sano, pulcro, espléndido, todo y ahí recién arranca’”, contó Gladys a lo que su interlocutor bromeó: “Me encanta porque dice: “Bueno, tercera cita con Gladys, vamos al laboratorio. Venite en ayunas. ¿A qué hora te paso a buscar?”, dijo Schijman entre risas.

“Sí, sí. Puede ser que me encante, pero me dijo hola y si tiene un alientito medio raro, ya no me gusta. Si recién me estoy conociendo con tres meses, no significa que lo conozca. Menos me iría a acostar, por más que use todas las medidas de seguridad con alguien que frecuente en un boliche. ¡Ni loca! ¡No! Tendría que nacer otras millones de vidas”, concluyó Gladys en su dinámica para establecer nuevos vínculos.